—¡Ahora usted, señor! —exclamó Fledgeby—. ¡Estos sí que son bonitos juegos!
Se dirigió a un anciano judío con un abrigo antiquísimo, de faldas largas y bolsillos amplios.
Un hombre venerable, calvo y brillante en la coronilla, con largos cabellos grises que le caían a los lados y se mezclaban con su barba.
Un hombre que, con un gracioso ademán oriental de homenaje, inclinó la cabeza y extendió las manos con las palmas hacia abajo, como para aplacar la ira de un superior.
—¿Qué has estado haciendo? —dijo Fledgeby, arremetiendo contra él.
—Generoso amo cristiano —suplicó el judío—, siendo día festivo, no esperaba a nadie.
—¡Días de fiesta, y un cuerno! —dijo Fledgeby al entrar—. ¿Qué tiene usted que ver con los días de fiesta? Cierre la puerta.
Con el primer gesto, el viejo obedeció. En la entrada colgaba su sombrero oxidado de ala ancha y copa baja, tan pasado de moda como su casaca; en el rincón cercano estaba su bastón —no un bastón de paseo, sino un auténtico báculo—. Fledgeby dobló hacia el despacho, se encaramó en un taburete de contabilidad y se encasquetó el sombrero. En las estanterías del despacho había cajitas y collares de cuentas falsas colgados. Había muestras de relojes baratos y muestras de floreros baratos. Juguetes extranjeros, todos.
Incrustado en el taburete, con el sombrero de lado y una pierna colgando, el joven Fledgeby apenas descollaba favorablemente frente a la ancianidad del judío, quien permanecía de pie con la cabeza descubierta e inclinada, y los ojos (que solo levantaba al hablar) fijos en el suelo.