—¿Qué se va a hacer con los restos? —preguntó Lightwood.
—Si a usted no le importa custodiarlo medio minuto, caballero —fue la respuesta—, buscaré al más cercano de los nuestros para que venga a hacerse cargo de él; aun lo sigo llamando él, ya ve —dijo el inspector, mirando hacia atrás al marcharse, con una sonrisa filosófica sobre la fuerza de la costumbre.
—Eugene —dijo Lightwood y estaba a punto de añadir—, podemos esperar a poca distancia —cuando, al girar la cabeza, descubrió que no había ningún Eugene allí.
Él levantó la voz y gritó: «¡Eugene! ¡Eh, hola!». Pero ningún Eugene respondió.
Era pleno día ahora, y miró a su alrededor. Pero no había ni rastro de Eugene en todo el panorama.
Al regresar el señor inspector rápidamente por la escalera de madera, junto con un agente de policía, Lightwood le preguntó si había visto a su amigo marchar. El señor inspector no podía asegurar exactamente que lo hubiera visto irse, pero había notado que estaba inquieto.
—Singular y entretenido, caballero, su amigo.
—Ojalá no hubiera formado parte de su singular y entretenida combinación el darme esquinazo en estas lúgubres circunstancias a estas horas de la mañana —dijo Lightwood—.
¿Podemos conseguir algo caliente para beber?
Pudimos, y lo hicimos. En la cocina de un mesón con un gran fuego. Tomamos aguardiente caliente con agua, y nos reconfortó maravillosamente. El señor Inspector, habiéndole anunciado al señor Riderhood su oficial intención de «vigilarlo de cerca», lo plantó en un