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Un sucesor

Un sucesor

Algunos de los hermanos del reverendo Frank Milvey se habían sentido sumamente incómodos en su fuero interno debido a que se les exigía enterrar a los muertos con demasiadas esperanzas.

Pero el reverendo Frank, inclinándose a creer que se les exigía hacer otras una o dos cosas (digamos que de entre treinta y nueve) destinadas a turbarles la conciencia de forma más notoria si pensaran un poco más en ellas, guardó silencio.

En verdad, el reverendísimo Frank Milvey era un hombre paciente, que advertía muchas tristes torceduras y plagas en la viña donde trabajaba, y no pretendía que ellas lo volvieran ferozmente sabio.

Tan solo aprendía que cuanto más sabía él mismo, a su pequeña y limitada manera humana, mejor podía imaginar remotamente lo que la Omnisciencia podría saber.

Por lo cual, si el reverendo Frank hubiera tenido que leer las palabras que turbaban a algunos de sus hermanos, y que con provecho conmovieron innumerables corazones, en un caso peor que el de Johnny, lo habría hecho por la piedad y la humildad de su alma.

Al leérselas a Johnny, pensó en sus propios seis hijos, pero no en su pobreza, y las leyó con los ojos empañados. Y con mucha seriedad, él y su alegre mujercita, que había estado escuchando, miraron hacia el fondo de la pequeña tumba y caminaron a casa del brazo.

Había dolor en la casa aristocrática, y había alegría en el Bower. El señor Wegg argüía: si se necesitaba un huérfano, ¿no era él acaso un

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