—De un modo deshonroso no, Wegg, porque le estabas cantando al carnicero; y no le cantarías secretos a un carnicero en la calle, ya sabes.
—Nunca me ha sucedido hacerlo hasta ahora, que yo recuerde —dijo el señor Wegg con cautela—. Pero podría hacerlo. Un hombre no puede saber lo que le podría apetecer hacer algún día u otro.
(Esto, para no renunciar a ninguna pequeña ventaja que pudiera derivarse de la confesión del señor Boffin.)
—Bueno —repitió Boffin—, lo estaba escuchando a usted y a él. Y lo que usted... ¿no tendrá otro taburete, verdad? Me cuesta un poco respirar.
—No tengo otro, pero este es suyo si lo quiere —dijo Wegg, cediéndoselo—. Para mí es un placer estar de pie.
—¡Caramba! —exclamó el señor Boffin, con un tono de gran satisfacción, mientras se acomodaba, acunando aún su bastón como a un bebé—, ¡es un lugar agradable, este! Y luego verse encerrado a cada lado por estas baladas, ¡como anteojeras de hojas de libro! Vaya, ¡es encantador!
—Si no me equivoco, caballero —insinuó con delicadeza el señor Wegg, apoyando una mano en su puesto e inclinándose sobre el divagante Boffin—, ¿aludió usted a alguna clase de oferta que tenía en mente?
“¡Ya voy a eso! Está bien. ¡Ya voy a eso! Iba a decir que cuando escuché esa mañana, escuché con hadmiración rayana en el hacombro. Pensé para mis adentros: «Aquí hay un hombre con pata de palo—un hombre de letras con—»”
—N—no exactamente, señor —dijo el señor Wegg.