“Iba a decir que el rey por lo general solo viste un sombrero de Londres, o un par de tirantes de Mánchester, o una charretera, o una casaca de uniforme con las piernas metidas en las mangas, o algo por el estilo”.
—Así es —dijo el Secretario.
—En confianza, se lo aseguro, señor Rokesmith —observó el alegre querubín—, que cuando tenía a más miembros de mi familia en casa y que mantener, solía recordarme enormemente a aquel rey. No se hace usted idea, como soltero, de la dificultad que he tenido para llevar puesta más de una buena prenda a la vez.
—Puedo creerlo fácilmente, señor Wilfer.
—Solo lo menciono —dijo R. W. con el corazón en la mano—, como prueba del afecto amable, delicado y considerado de mi hija Bella. Si se hubiera vuelto un poco malcriada, no le habría dado tanta importancia, dadas las circunstancias. Pero no, ni un poquito. ¡Y es tan hermosa! Espero que esté de acuerdo conmigo en que es muy hermosa, ¿señor Rokesmith?
—Claro que sí. Todo el mundo debe hacerlo.
—Eso espero —dijo el querubín—. Ciertamente, no me cabe la menor duda. Este es un gran avance para ella en la vida, señor Rokesmith. ¿Una gran apertura de horizontes para su futuro?
—La señorita Wilfer no podría tener mejores amigos que el señor y la señora Boffin.
—¡Imposible! —dijo el halagado querubín—. De verdad empiezo a pensar que las cosas están muy bien tal como están. Si el señor John Harmon hubiera vivido...
“Mejor muerto está”, dijo el Secretario.