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nydus/Our Mutual FriendPublic
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Un contrato matrimonial

hubiera casado con él por amor, ella y él habrían sido felices (lo cual no habría sido así), y que ella todavía le guarda cierto cariño (mientras que su dureza es proverbial). Meditando junto al fuego, con su reseca cabecita entre sus resecos manitas y sus resecos codos sobre sus resecos rodillas, Twemlow está melancólico. > «¡Ninguna Adorable que me haga compañía aquí! —piensa—. ¡Ninguna Adorable en el club! ¡Un erial, un erial, un erial, mi querido Twemlow!». Y así se queda dormido, sufriendo sacudidas galvánicas por todo el

Bien entrada la mañana siguiente, esa horrible anciana de la señora Tippins (reliquia del difunto sir Thomas Tippins, armado caballero por error en lugar de algún otro por Su Majestad el rey Jorge Tercero, quien, mientras realizaba la ceremonia, tuvo la graciosa ocurrencia de observar: «¿Cómo, cómo, cómo? ¿Quién, quién, quién? ¿Por qué, por qué, por qué?») comienza a ser teñida y barnizada para tan interesante ocasión. Tiene fama de dar descripciones ingeniosas de las cosas, y debe llegar temprano a lo de esta gente, querida, para no perderse nada de la diversión. En qué parte del bonete y los ropajes anunciados por su nombre pueda ocultarse algún fragmento de la mujer real, tal vez lo sepa su doncella; pero uno podría comprar fácilmente todo lo que ve de ella en Bond Street; o podría arrancarle el cuero cabelludo, despellejarla, rasparla y hacer dos señoras Tippins con ella, y aun así no penetrar en el artículo genuino. Tiene un gran monóculo de oro, la señora Tippins, para contemplar los acontecimientos. Si tuviera uno en cada ojo, tal vez podría mantener

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