—La cuestión no es un hombre, querida —dijo Bella, con frialdad—, sino una posición.
—Mi amor —respondió la señora Lammle—, tu prudencia me asombra; ¡dónde habrás estudiado tan bien la vida!; tienes razón. En un caso como el tuyo, el objetivo es un establecimiento adecuado. No podrías descender a uno mediocre desde la casa de los Boffin, y aun si tu belleza por sí sola no pudiera imponerlo, es de suponer que el señor y la señora Boffin...
—¡Vaya! Ya lo han hecho —interpuso Bella.
«¡No! ¿De verdad?»
Un poco disgustada por la sospecha de que había hablado con precipitación, y al mismo tiempo un tanto desafiante ante su propio disgusto, Bella se