Georgiana.
Nada más se dijo entre aquella feliz pareja. Quizá los conspiradores que una vez han llegado a un entendimiento no sean muy dados a repetir los términos y los objetos de su conspiración.
Llegó el día siguiente; llegó Georgiana; y llegó Fledgeby.
Georgiana had by this time seen a good deal of the house and its frequenters.
As there was a certain handsome room with a billiard table in it—on the ground floor, eating out a backyard—which might have been Mr. Lammle’s office, or library, but was called by neither name, but simply Mr. Lammle’s room, so it would have been hard for stronger female heads than Georgiana’s to determine whether its frequenters were men of pleasure or men of business.
Entre la habitación y los hombres había marcados puntos de parecido general. Ambos eran demasiado llamativos, demasiado argóticos, demasiado olorosos a cigarros y demasiado dados a las carnes de caballo; esta última característica se ejemplificaba en la estancia por sus decoraciones, y en los hombres por su conversación. Los caballos de alta escuela parecían necesarios para todos los amigos del señor Lammle, tan necesarios como sus transacciones comerciales a la manera gitana en horas descarriadas de la mañana y de la tarde, y a trompicones y arrebatos.
Había amigos que parecían estar siempre yendo y viniendo a través del Canal, en gestiones de la Bolsa, y de la deuda griega y española y de la India y mexicana y a la par y con prima y con descuento y al tres cuartos y al siete octavos.