agudos habrían podido detectarlo, Rogue Riderhood observaba al bañista vestirse. Y entonces surgió poco a poco el asombro de que se levantara, completamente vestido, convertido en otro hombre, y no en el barquero.
—¡Ajá! —dijo Riderhood—. Vestido casi del mismo modo que aquella noche. Ya veo. Me llevas contigo ahora. Eres astuto. Pero yo conozco a uno más astuto.
Cuando el bañista hubo terminado de vestirse, se arrodilló en la hierba, haciendo algo con las manos, y volvió a levantarse con su hato bajo el brazo.
Mirando a su alrededor con gran atención, fue entonces hasta la orilla del río y lo arrojó tan lejos, pero al mismo tiempo con tanta ligereza como pudo.
No fue hasta que estuvo de nuevo tan claramente en camino como para rebasar una curva del río y quedar momentáneamente fuera de la vista, que Riderhood salió a gatas de la zanja.