En este momento la grasienta puerta es empujada violentamente hacia adentro, y un muchacho la sigue, el cual dice, después de haberla dejado dar un portazo:
“Ven por el canario relleno.”
—Son tres chelines y nueve peniques —replica Venus—; ¿tiene el dinero?
El muchacho saca cuatro chelines. El señor Venus, siempre con el ánimo por los suelos y emitiendo sonidos lastimeros, escudriña en busca del canario disecado.
Al tomar la vela para facilitar su búsqueda, el señor Wegg observa que tiene un estante chiquito y práctico cerca de las rodillas, destinado exclusivamente a manos de esqueleto, las cuales tienen muchísimo aspecto de querer apoderarse de él. De entre ellas, el señor Venus rescata el canario en una urna de cristal y se lo muestra al muchacho.
“¡Ahí está!”, gimotea. “¡Hay animación! ¡En una ramita, decidiéndose a dar un brinco! Cuídalo bien; es un ejemplar precioso.—Y tres son cuatro”.
El muchacho junta su cambio y ha abierto la puerta tirando de una correa de cuero clavada en ella con ese fin, cuando Venus grita:
¡Detenedle! ¡Vuelve aquí, pequeño granuja! Tienes un diente entre esas perras chicas.
—¿Cómo iba a saber que lo tenía? Me lo dio usted. No quiero ninguna de sus monedas; ya tengo bastante con las mías.
Así chilla el muchacho, mientras lo escoge entre sus vueltas y lo arroja sobre el mostrador.