No fue en una tarde de verano cuando ella salió a la puerta de su tiendecita, y un cierto hombre que estaba de pie enfrente, al otro lado de la calle, se fijó en ella. Aquello fue en una tarde fría, cortante y ventosa, ya entrada la noche.
Pleasant Riderhood compartía con la mayoría de las habitantes del Hole la peculiaridad de llevar el pelo en un moño desaliñado que se le desataba constantemente por detrás, y de ser incapaz de emprender ninguna tarea sin antes retorcerlo para ponérselo en su sitio. En aquel preciso momento, acabada de llegar al umbral para echar un vistazo afuera, se estaba acicalando de este modo con ambas manos.
Y tan general era la costumbre que, con ocasión de una pelea u otro alboroto en el Hole, se veía a las mujeres acudir en desbandada desde todos los rincones, retorciéndose universalmente el pelo de la nuca a medida que avanzaban, y muchas de ellas, en la prisa del momento, llevando los peines traseros en la boca.
Era una tiendecita miserable, con un techo que cualquier hombre de pie en ella podía tocar con la mano; poco mejor que un sótano o una cueva, tres escalones más abajo.
Sin embargo, en su escaparate mal iluminado, entre un par de pañuelos llamativos más o menos, un viejo chaquetón marinero o algo parecido, unos cuantos relojes y brújulas sin valor, un tarro de tabaco y dos pipas cruzadas, una botella de salsa de nueces y unos caramelos horribles —estas incomodidades terrenales servían de pantalla para el negocio principal de la casa de empeños—, se exhibía el letrero: Pensión de marineros.
Al reparar en Pleasant Riderhood junto a la puerta, el hombre cruzó con tanta rapidez que ella aún seguía arremangándose cuando él se plantó muy cerca de ella.
—¿Está tu padre en casa? —dijo él.