Con Buffer, Boots y Brewer, lady Tippins se muestra sumamente jocosa a propósito de estos Padres de la Iglesia de los Títulos: examinándolos a través de su monóculo y preguntando si Boots, Brewer y Buffer creen que van a hacerle la fortuna en caso de que ella les coquetee, además de otras bufonadas de esa índole.
Veneering, a su modo, también está muy ocupado con los Padres, retirándose piadosamente con ellos al invernadero, desde cuyo refugio se oye de vez en cuando la palabra «Comité», y donde los Padres instruyen a Veneering sobre cómo debe dejar el valle del piano a su izquierda, tomar el nivel de la repisa de la chimenea, cruzar por un desmonte abierto en el candelabro, apoderarse del tráfico de mercancías en la consola y cortar de raíz a la oposición en las cortinas de las ventanas.
El señor y la señora Podsnap forman parte de la compañía, y los Padres divisan en la señora Podsnap a una mujer espléndida. Ella es encomendada a un Padre —el Padre de Boots, que da empleo a quinientos mil hombres— y es fondeada a la izquierda de Veneering; brindando así la oportunidad a la juguetona Tippins a su derecha (estando él, como de costumbre, convertido en mero espacio vacío) de suplicar que le cuenten algo sobre esos amores de los navvies, y si es verdad que viven a base de filetes de buey crudo y beben cerveza negra en sus carretillas. Pero, a pesar de tales escaramuzas, se siente que esta ha de ser una cena de asombros, y que el asombro no debe descuidarse. En consecuencia, Brewer, como el hombre que tiene la mayor reputación que mantener, se convierte en el intérprete del instinto general.