Codal
nydus/Our Mutual FriendPublic
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V. El Basurero de Oro cae en malas compañías

—Y debemos estar a la altura de la diferencia —prosiguió su marido—; debemos estar a la altura del cambio; eso es lo que debemos ser. Tenemos que hacernos respetar ahora, contra todos (porque la mano de todo el mundo está tendida para metérnosla en los bolsillos), y tenemos que recordar que el dinero llama al dinero, además de conseguir todo lo demás.

—A propósito de recordar —dijo la señora Boffin, habiendo abandonado su labor, con los ojos fijos en el fuego y la barbilla apoyada en la mano—, ¿te acuerdas, Noddy, de lo que le dijiste al señor Rokesmith cuando vino a vernos por primera vez al Vertedero y lo contrataste?, ¿de cómo le dijiste que, si le hubiera placido al Cielo traer a John Harmon sano y salvo a su fortuna, nos habríamos conformado con el único Montículo que fue nuestro legado, y jamás habríamos querido el resto?

—Ay, lo recuerdo, viejecita. Pero entonces no sabíamos lo que era tener el descanso. Nos habían traído los zapatos nuevos a casa, pero no nos los habíamos puesto. Los llevamos puestos ahora, los llevamos puestos, y hay que marchar con el paso correspondiente.

La señora Boffin retomó su labor y enhebró la aguja en silencio.

—En cuanto a Rokesmith, ese muchacho mío —dijo el señor Boffin, bajando la voz y mirando de reojo hacia la puerta con el temor de ser oído por algún escuchizador allí presente—, con él pasa lo mismo que con los lacayos. He descubierto que o los aplastas, o te aplastan. Si no eres imperioso con ellos, no van a creer que eres mejor que ellos, ni mucho menos, después de las historias (mentiras casi todas) que han oído sobre tus orígenes. No hay término medio entre ponerse firme y echarse a perder; créeme en esto, vieja mía.

Bella se aventuró por un momento a mirarlo furtivamente bajo sus pestañas, y vio una oscura nube de sospecha, codicia y vanidad ensombreciendo su rostro antaño abierto.

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