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V. La morada de Boffin

La guarida del sabio

Frente a una casa de Londres, una casa de esquina no lejos de Cavendish Square, un hombre con una pata de palo llevaba sentado algunos años, con el pie que le quedaba en una cesta cuando hacía frío, ganándose la vida de este modo: todas las mañanas a las ocho, iba dando estocadas hacia la esquina, cargando con una silla, un tendedero de ropa, un par de caballetes, una tabla, una cesta y un paraguas, todo sujeto con correas. Al separar estos elementos, la tabla y los caballetes se convertían en un mostrador, la cesta abastecía las pocas y pequeñas porciones de fruta y caramelos que ofrecía a la venta sobre él y se transformaba en un calientapiés, el tendedero desplegado exhibía una selecta colección de baladas de medio penique y hacía de biombo, y el taburete colocado en su interior se convertía en su puesto durante el resto del día. Todo tipo de clima veía al hombre en el puesto. Esto debe entenderse en un doble sentido, pues se había apañado un respaldo para su taburete de madera colocándolo contra el farol. Cuando el tiempo era húmedo, levantaba su paraguas sobre sus mercancías, no sobre sí mismo; cuando el tiempo era seco, plegaba aquel artículo descolorido, lo ataba con un trozo de hilo y lo colocaba en diagonal bajo los caballetes, donde parecía una lechuga forzada de manera enfermiza que había perdido en color y crujido lo que había ganado en tamaño.

Había establecido su derecho a la esquina mediante una prescripción imperceptible. Jamás se había movido un solo centímetro de su terreno, sino que al principio, con timidez, había tomado la esquina en la que daba el lateral de la casa. Una esquina aullante en invierno, una esquina polvorienta en verano, una esquina indeseable en el mejor de los casos.

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