por mi bien como por el tuyo propio— tanto como yo; ¿verdad que sí, querido papacito? ¡Mira, papá!” Bella se puso el dedo en los labios, luego en los de papá, luego otra vez en los suyos y luego en los de su marido. “Ahora somos una sociedad de tres, querido papá”.
La aparición de la cena interrumpió aquí a Bella en una de sus desapariciones: tanto más eficazmente cuanto que se sirvió bajo los auspicios de un solemne caballero de negro y corbata blanca, que parecía mucho más clérigo que el propio clérigo, y que daba la impresión de haber ascendido muchísimo en la jerarquía eclesiástica, por no decir que había escalado el campanario.
Este dignatario, confiriendo en secreto con John Rokesmith acerca del ponche y los vinos, inclinó la cabeza como si se inclinara ante la práctica papista de recibir la confesión auricular.
Asimismo, ante una sugerencia de John que no se ajustaba a sus puntos de vista, su rostro se ensombreció y se tornó reprobativo, como si impusiera una penitencia.
¡Qué cena! Especímenes de todos los peces que nadan en el mar seguramente habían nadado hasta allí, y si los ejemplares de los peces de diversos colores que pronunciaron un discurso en Las mil y una noches (toda una explicación ministerial en cuanto a su ambigüedad), y luego saltaron de la sartén, no se dejaban reconocer, era solo porque todos habían adquirido un mismo tono al ser fritos en rebozo entre los pejerreyes de río.
Y los platos, aderezados con dicha —un artículo del que a veces carecen en Greenwich—, tenían un sabor perfecto, y las bebidas doradas se habían embotellado en la edad de oro y habían guardado sus chispas desde entonces.
Lo mejor del caso era que Bella, John y el querubín habían hecho pacto de no revelar a ojos mortales apariencia alguna de ser un cortejo