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nydus/Our Mutual FriendPublic
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V. Concerniente a la novia del mendicante

—¿No hay hija Bella, querida mía?

—No. Su hija Bella —dijo la señora Wilfer, con el aire distante de quien jamás ha tenido la menor copropiedad en esa joven, a la que ahora mencionaba con reproche como un artículo de lujo que su marido se había procurado por cuenta propia y en abierta oposición a sus consejos—, su hija Bella se ha entregado a un Mendigo.

¡Dios santo, querida mía!

—Enséñale a tu padre la carta de su hija Bella, Lavinia —dijo la señora Wilfer, con su tono monótono de ley del Parlamento y agitando la mano—. Creo que tu padre admitirá que es una prueba documental de lo que le digo. Creo que tu padre conoce la escritura de su hija Bella. Pero no lo sé. Puede decirte que no la conoce. Nada me sorprenderá.

—Echada en Greenwich y con fecha de esta mañana —dijo la Incontenible, abalanzándose sobre su padre para entregarle la prueba—. ¡Esperaba que mamá no se enojara, pero está felizmente casada con el señor John Rokesmith, y no lo mencionó antes para evitar discusiones, y que por favor le digas a tu querido tú, y muchos besos para mí, y me gustaría saber qué habrías dicho tú si cualquier otro miembro soltero de la familia lo hubiera hecho!

Leyó la carta y exclamó débilmente: «¡Dios mío!».

—Bien puede decir ¡Dios mío! —replicó la señora Wilfer con voz profunda. Ante semejante estímulo, él lo repitió, aunque apenas con el éxito que había esperado, pues la desdeñosa dama observó entonces, con extrema amargura:—Ya dijo eso antes.

—Es muy sorprendente. Pero supongo, querida —insinuó el querubín, al doblar la carta tras un desconcertante silencio—, que deberemos sacar lo mejor de esto. ¿Te importaría que señalara, querida,

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