—¿ConocesaMist-Erboff-in? —preguntó Wegg.
—¡Ya lo creo! Todo el mundo por aquí lo hace. Eddard lo conoce. (Vigilarle las orejas). ¡Noddy Boffin, Eddard!
El efecto del nombre fue tan alarmante, en cuanto a causar la desaparición temporal de la cabeza de Edward, lanzar sus cascos traseros al aire, acelerar enormemente el paso y aumentar los sacudones, que el señor Wegg tuvo que dedicarse exclusivamente a aferrarse, y abandonar su deseo de averiguar si aquel homenaje a Boffin debía considerarse un cumplido o lo contrario.
Al poco rato, Edward se detuvo ante una cancela, y Wegg no perdió discretamente un instante en escabullirse por la parte trasera del carromato. En cuanto hubo bajado, su reciente conductor, agitando la zanahoria, dijo: «¡Cena, Eddard!», y él, las pezuñas traseras, el carromato y Edward parecieron volar todos juntos por los aires, en una especie de apoteosis.
Empujando la cancela, que estaba entreabierta, Wegg miró hacia un espacio cerrado donde ciertos montículos altos y oscuros se recortaban contra el cielo, y donde el sendero hacia la Enramada estaba señalado, como mostraba la luz de la luna, entre dos hileras de loza rota colocadas sobre cenizas.
Una figura blanca que avanzaba por este sendero demostró no ser nada más fantasmal que el señor Boffin, ataviado cómodamente para la búsqueda del saber con una prenda desaliñada de blusón corto y blanco.
Tras recibir a su amigo literario con gran cordialidad, lo condujo al interior de la Enramada y allí se lo presentó a la señora Boffin: una dama corpulenta de aspecto rubicundo y alegre, vestida (para consternación del señor Wegg) con un traje de noche escotado de satén negro, y un gran sombrero de terciopelo negro con plumas.