El señor Venus, habiendo elevado su atención a este discurso a lo largo de tres platillos sucesivos de té, manifestó su acuerdo con los puntos de vista expuestos.
Inspirado por esto, el señor Wegg extendió su mano derecha y declaró que era una mano que jamás todavía. Sin entrar en más minuciosos detalles.
El señor Venus, aferrado a su té, profesó brevemente su creencia, como las formas de cortesía se lo exigían, de que era una mano que jamás todavía. Pero se conformó con mirarla y no se la llevó al pecho.
—Hermano —dijo Wegg, una vez establecido este feliz entendimiento—, me gustaría preguntarle algo. ¿Recuerda la noche en que me asomé por primera vez por aquí y lo encontré flotando su poderosa mente en té?
Aún bebiendo té a grandes sorbos, el señor Venus asintió