Una obra maestra
Britannia, sentada meditando un buen día (quizás en la actitud en que se la presenta en las monedas de cobre), descubre de repente que quiere a Veneering en el Parlamento. Se le ocurre que Veneering es «un hombre representativo» —lo cual en estos tiempos no puede dudarse— y que los fieles Comunes de Su Majestad están incompletos sin él.
Así pues, Britannia le comenta a un caballero de leyes de su conocimiento que, si Veneering «deposita» cinco libras mil, podrá escribir un par de iniciales tras su nombre a la tarifa sumamente barata de dos mil quinientas por letra. Queda claramente entendido entre Britannia y el caballero de leyes que nadie ha de reclamar las cinco mil libras, sino que, una vez depositadas, desaparecerán por arte de magia, conjuro y encantamiento.
El caballero letrado en la confianza de Britania, yendo derecho de esa señora a Veneering, con tal encargo, Veneering se declara muy honrado, pero pide un respiro para cerciorarse de «si sus amigos se agruparán en torno a él».
Por encima de todo, dice, le incumbe tener claro, en una crisis de esta importancia, «si sus amigos se agruparán en torno a él».
El caballero letrado, en interés de su cliente, no puede conceder mucho tiempo para este propósito, ya que la señora más bien cree conocer a alguien dispuesto a soltar seis mil libras; pero dice que le dará a Veneering cuatro horas.
Veneering le dice entonces a la señora Veneering: «Tenemos que trabajar», y se arroja a un coche de alquiler de dos ruedas. La señora