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III. Una obra maestra

Una obra maestra

Britannia, sentada meditando un buen día (quizás en la actitud en que se la presenta en las monedas de cobre), descubre de repente que quiere a Veneering en el Parlamento. Se le ocurre que Veneering es «un hombre representativo» —lo cual en estos tiempos no puede dudarse— y que los fieles Comunes de Su Majestad están incompletos sin él.

Así pues, Britannia le comenta a un caballero de leyes de su conocimiento que, si Veneering «deposita» cinco libras mil, podrá escribir un par de iniciales tras su nombre a la tarifa sumamente barata de dos mil quinientas por letra. Queda claramente entendido entre Britannia y el caballero de leyes que nadie ha de reclamar las cinco mil libras, sino que, una vez depositadas, desaparecerán por arte de magia, conjuro y encantamiento.

El caballero letrado en la confianza de Britania, yendo derecho de esa señora a Veneering, con tal encargo, Veneering se declara muy honrado, pero pide un respiro para cerciorarse de «si sus amigos se agruparán en torno a él».

Por encima de todo, dice, le incumbe tener claro, en una crisis de esta importancia, «si sus amigos se agruparán en torno a él».

El caballero letrado, en interés de su cliente, no puede conceder mucho tiempo para este propósito, ya que la señora más bien cree conocer a alguien dispuesto a soltar seis mil libras; pero dice que le dará a Veneering cuatro horas.

Veneering le dice entonces a la señora Veneering: «Tenemos que trabajar», y se arroja a un coche de alquiler de dos ruedas. La señora

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