—Vaya, si parece usted el gigante —dijo la señorita Wren—, cuando volvió a casa en el país de las habichuelas y quería cenarse a Jack.
—¿Era apuesto, señorita? —preguntó Sloppy.
—No —dijo la señorita Wren—. Feo.
Su visitante echó un vistazo a la habitación —que ahora tenía muchas comodidades que antes no tenía— y dijo: —Este es un lugar bonito, señorita.
—Me alegra que piense así, caballero —contestó la señorita Wren—. ¿Y qué opina de Mí?
La honradez del señor Sloppy viéndose severamente puesta a prueba por la pregunta, retorció un botón, sonrió con timidez y titubeó.
—¡Sueltalo! —dijo la señorita Wren con una mirada aviesa—. ¿No te parece que soy un retaco estrafalario y cómico?
Al sacudir la cabeza hacia él tras hacer la pregunta, se desató el pelo.
—¡Oh! —exclamó Sloppy, en un arrebato de admiración—. ¡Qué montó, y qué color!
La señorita Wren, con su habitual y expresivo encogimiento de hombros, continuó con su labor. Pero se dejó el cabello tal como estaba, no poco complacida por el efecto que había causado.
—No vive aquí sola; ¿verdad, señorita? —preguntó Sloppy.
—No —dijo la señorita Wren con un golpe seco—. Vivo aquí con mi hada madrina.
—¿Con;» el señor Sloppy no lograba entender; «con quién dijo, señorita?»