Una ocasión de aniversario
El estimable Twemlow, al vestirse en su alojamiento sobre el patio de caballerizas en Duke Street, Saint James’s, y al oír a los caballos en su acicalamiento abajo, se halla en conjunto en una posición desventajosa en comparación con los nobles animales en pensión.
Pues si bien, por una parte, no tiene a ningún mozo que le dé palmadas sonoras y le exija con voz ronca que se mueva y venga acá, todavía, por otra parte, no tiene mozo alguno; y como las articulaciones de los dedos y las demás coyunturas de aquel apacible caballero funcionan con herrumbre por la mañana, consideraría incluso agradable que lo atasen por el ronzal a la puerta de su aposento, con tal de que allí lo frotaran hábilmente, lo enjuagaran, lo ducharan, lo lustraran y lo abrigaran, mientras él participaba meramente de forma pasiva en estas arduas transacciones.
Cómo se arregla la fascinante Tippins para desconcertar los sentidos de los hombres, solo lo saben las Gracias y su doncella; pero tal vez incluso esa encantadora criatura, aunque no reducida a la autosuficiencia de Twemlow, podría prescindir de gran parte de la molestia que conlleva la restauración diaria de sus encantos, dado que, en lo que respecta a su rostro y su cuello, esta adorable divinidad es, por así decirlo, una especie de langosta diurna —que se deshace de un caparazón todas las mañanas y necesita mantenerse en un lugar retirado hasta que el nuevo endurece—.
No obstante, Twemlow se viste por fin con cuello, corbata y puños hasta los nudillos, y sale a desayunar. ¿Y a desayunar con quién sino con sus vecinos cercanos, los Lammle de Sackville Street, quienes le han anunciado que conocerá a su pariente lejano, el señor Fledgely?