—¡Mencionalo! —repitió la señora Lammle con su anterior vehemencia—. ¡Mencíonalo!
Esta vez Sophronia habló tan en serio que se vio en la necesidad de inclinarse hacia adelante en el carruaje y darle un beso a Bella.
Un beso de Judas; pues pensó, mientras aún apretaba la mano de Bella tras habérselo dado: «Por lo que tú misma has contado, vana e insensible muchacha, engreída por la necedad encaprichada de un basurero, no tengo por qué apiadarme de ti. Si mi esposo, que me envía aquí, urdiera algún plan para hacer de ti su víctima, desde luego no volvería a interponerme en su camino».
En esos mismos momentos, Bella pensaba: «¿Por qué estoy siempre en guerra conmigo misma? ¿Por qué he contado, como si fuera por obligación, lo que todo el tiempo supe que debía haberme callado? ¿Por qué me estoy haciendo amiga de esta mujer a mi lado, a pesar de los susurros en contra de ella que escucho en mi corazón?».
Como de costumbre, no hubo respuesta en el espejo cuando llegó a casa y le planteó estas preguntas.
Tal vez si hubiera consultado a un oráculo mejor, el resultado habría sido más satisfactorio; pero no lo hizo, y todas las cosas consiguientes marcharon el camino que tenían por delante.
Sobre un punto relacionado con la vigilancia que ella mantenía sobre el señor Boffin, se sentía muy intrigada, y era la cuestión de si el Secretario también lo vigilaba a él, y seguía el cambio seguro y constante en él, como lo hacía ella. Su muy limitado trato con el señor Rokesmith hacía difícil averiguar esto. Su comunicación actual nunca se extendía más allá de la preservación de las apariencias cotidianas ante el señor y la señora Boffin;