«Eugene, Eugene, Eugene, este asunto pinta mal». ¡Ah! Así suenan las campanas de Mortimer Lightwood, y hoy suenan
Siguiendo su paseo, pensó en otra cosa por la que reprocharse a sí mismo.
«¿Dónde está la analogía, Bestia Bruta —se dijo con impaciencia—, entre una mujer que tu padre te busca tranquilamente y una mujer que tú has descubierto por ti mismo, y hacia la cual has ido gravitando con cada vez mayor constancia desde que la viste por primera vez? ¡Asno! ¿No eres capaz de razonar mejor que eso?».
Pero, de nuevo, recayó en el recuerdo de su primer pleno conocimiento de su poder hacía un momento, y de la revelación que ella le había hecho de su corazón.
No intentar irse más, y probar con ella otra vez, fue la conclusión temeraria que predominó.
Y otra vez más: «¡Eugene, Eugene, Eugene, este asunto es malo!».
Y: «Ojalá pudiera apagar el campanazo de Lightwood, porque suena a doble de difuntos».
Mirando hacia arriba, descubrió que la luna joven ya había salido y que las estrellas empezaban a brillar en un cielo del cual los tonos rojos y amarillos se iban apagando, dando paso al azul sereno de una noche de verano. Todavía estaba a la orilla del río. Al girarse de repente, se encontró con un hombre, tan cerca de él que Eugene, sorprendido, dio un paso atrás para evitar chocar. El hombre llevaba algo al hombro que bien podría