Tiene la impresión de que le sangra la nariz, y varias veces se pasa el dorso de la mano por ella y busca el resultado, de un modo pugilístico, lo que refuerza enormemente ese parecido incongruente.
—¿Dónde está mi gorro de piel? —pregunta con voz hosca, una vez que se ha puesto la ropa a rastras.
“En el río”, replica alguien.
—¿Y no había ningún hombre honrado para recogerlo? ¡Claro que lo había, sí, y para huir con él después! ¡Son ustedes una panda excepcional, todos ustedes!
Así, el señor Riderhood: tomando de las manos de su hija, con marcada mala voluntad, una gorra prestada, y refunfuñando mientras se la encasqueta hasta las orejas.
Luego, poniéndose sobre sus piernas inseguras, apoyándose fuertemente en ella y gruñendo: «¿Estás quieta, es que no puedes? ¡Cómo! ¿Ahora te tocará tambalearte a ti, eh?», emprende la retirada del cuadrilátero en el que ha tenido ese pequeño asalto con la Muerte.