volvió a sentarse en su sillón y fingió mirar la tormenta desde la ventana. Era un espectáculo grandioso, pero no tan grandioso como para apartar sus ojos, ni por medio minuto seguido, de robarle una mirada al hombre sobre la cama.
Era hacia el cuello oculto del durmiente hacia donde Riderhood miraba tan a menudo y con tanta curiosidad, hasta que el sueño pareció profundizarse en el estupor de los agotados de mente y cuerpo.
Entonces, Riderhood se apartó de la ventana con cautela y se detuvo junto a la cama.
—¡Pobre hombre! —murmuró en voz baja, con cara astuta, el ojo muy atento y el pie preparado por si se levantaba de un salto—; este abrigo suyo debe de incomodarle al dormir. ¿Se lo aflojaré para que esté más cómodo? ¡Ah! Creo que debo hacerlo, pobre hombre. Creo que lo haré.