—Bueno, mamá —replicó Lavvy—, ya que me obligas a decirlo, debo pedir permiso respetuosamente para expresar que tu familia te debe sin duda las mayores obligaciones por tener un dolor de muelas anual el día de tu boda, y que eres muy desinteresada al respecto, y una inmensa bendición para ellos. Aun así, en conjunto, es posible ser demasiado jactanciosa incluso de esa gracia.
—Encarnación de la desfachatez —dijo la señora Wilfer—, ¿me hablas así a mí? ¿En este día, de todos los días del año? Por favor, ¿sabes qué habría sido de ti si no le hubiera concedido mi mano a R. W., tu padre, en este día?
—No, mamá —respondió Lavvy—, en realidad no; y, con el mayor respeto hacia tus capacidades y conocimientos, dudo mucho que tú tampoco.
Si el agudo vigor de esta acometida a un punto débil de las fortificaciones de la señora Wilfer podría haber puesto en fuga a dicha heroína por el momento, queda en duda por la llegada de una bandera de tregua en la persona del señor George Sampson: invitado al banquete como amigo de la familia, cuyos afectos se entendía ahora que estaban en vías de ser transferidos de Bella a Lavinia, y a quien Lavinia tenía —posiblemente en recuerdo de su mal gusto al haberla pasado por alto en un principio— bajo un régimen de severa disciplina.
—Le felicito a usted, señora Wilfer —dijo el señor George Sampson, que había estado meditando este pulido discurso por el camino—, por el día que conmemoramos.
La señora Wilfer se lo agradeció con un suspiro magnánimo y volvió a entregarse, sin ofrecer resistencia, a aquel inescrutable dolor de muelas.
—Me sorprende —dijo el señor Sampson con debilidad—, que la señorita Bella se digne a cocinar.