elegante carruaje; y al añadirle un cochero, en la persona de un joven larguirucho y cabezón que hacía juego perfecto con el caballo, no quedaba nada que desear. Él también había sido empleado anteriormente en el negocio, pero ahora se hallaba sepultado por un honrado sastre remendón del distrito dentro de un auténtico Sepulcro de abrigo y polainas, sellado con pesados botones.
Tras este doméstico, el señor y la señora Boffin tomaron asiento en el compartimento trasero del carruaje: el cual era lo suficientemente amplio, pero tenía una indigna y alarmante tendencia, al superar algún bache, a separarse a tirones del compartimento delantero.
Al ser avistados cuando emergían de las puertas del Bulevar, el vecindario salió a puertas y ventanas para saludar a los Boffin. Entre aquellos que una y otra vez quedaban atrás, contemplando boquiabiertos el carruaje, había muchos espíritus juveniles, que lo vitoreaban a pulmón abierto con felicitaciones tales como «¡Nod‑dy Bof‑fin!», «¡El di‑ne‑ro de Bof‑fin!» y «¡A soltar la pasta, Bof‑fin!», además de otros cumplidos similares.
El joven de cabeza de martillo se tomaba esto tan a mal que a menudo arruinaba la majestad del avance deteniéndose en seco y amagando con bajarse para exterminar a los infractores; un propósito del que solo accedía a disuadirse tras largas y animadas discusiones con sus empleadores.
Al fin se dejó atrás el barrio de Bower y se llegó a la apacible morada del reverendo Frank Milvey. La morada del reverendo Frank Milvey era una morada muy modesta, porque sus ingresos eran unos ingresos muy modestos. Él estaba oficialmente accesible a cualquier vieja desatinada que tuviera incoherencias que otorgarle, y recibió con buena disposición a los Boffin.