—Bueno, no es que tenga una prisa mortal —dijo el señor Boffin—; solo que, cuando uno le paga a la gente por espabilarse, está bien saber que se están espabilando. ¿No es esa su opinión?
—¡Exacto! —respondió el secretario, y con eso se retiró.
—Ahora —se dijo el señor Boffin, volviendo a su serie habitual de vueltas por el patio—, si logro congeniar con Wegg, mis asuntos marcharán sobre ruedas.
El hombre de bajísima astucia había, por supuesto, adquirido dominio sobre el hombre de altísima ingenuidad. El hombre mezquino había, por supuesto, sacado ventaja del hombre generoso.
Cuánto duran tales conquistas es otra cuestión; que se logran es experiencia de todos los días, que ni el mismo podsnaperismo puede desvanecer con florituras.
El ingenuo Boffin había quedado tan enredado por el astuto Wegg que su conciencia le dictaba que era un hombre de lo más maquiavélico al proponerse hacer más por Wegg. Le parecía (tanta era la habilidad de Wegg) que estaba tramando algo tenebroso, cuando estaba ingeniándose para hacer exactamente lo que Wegg conspiraba para que hiciera. Y así, mientras esta mañana le ponía mentalmente la más bondadosa de las caras bondadosas a Wegg, no estaba del todo seguro de no merecer de algún modo el reproche de darle la espalda.
Por estas razones, el señor Boffin pasó unas horas muy ansiosas hasta que llegó la noche y, con ella, el señor Wegg, que se encaminó a trancos pausados hacia el Imperio Romano. Por esta época, el señor Boffin se había interesado profundamente por las fortunas de un gran líder militar al que conocía como el matón Sawyers, aunque tal vez sea más conocido por la fama, y resulte más fácil