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nydus/Our Mutual FriendPublic
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VII. El Sr. Wegg vela por sus intereses

El señor Wegg no lo sabe, pero finge que sí asintiendo con la cabeza en señal de respuesta. También sigue con los ojos el giro de cabeza de Venus: como en busca de una dirección hacia allí mismo.

—Me interesó ese descubrimiento en el río —dice Venus—. (Todavía no había escrito su tajante negativa). Subí hasta allí... aunque da igual.

Había levantado la vela con el brazo extendido hacia uno de los estantes oscuros, y el señor Wegg se había vuelto para mirar, cuando se detuvo.

“El viejo caballero era muy conocido por aquí. Solía haber historias acerca de que había escondido todo tipo de propiedades en esos montones de ceniza. Supongo que no había nada en ellos. Probablemente usted lo sepa, ¿señor Wegg?”.

—No hay nada en ellos —dice Wegg, que no ha oído una sola palabra de esto hasta ahora.

—No quiero entretenerle. ¡Buenas noches!

El desafortunado señor Venus le da un apretón de manos con un movimiento de su propia cabeza y, dejándose caer en su silla, procede a servirse más té. El señor Wegg, mirando hacia atrás por encima del hombro mientras abre la puerta tirando de la correa, nota que el movimiento agita de tal manera la tambaleante tienda, y hace parpadear la llama de la vela de tal modo, que los bebés —hindú, africano y británico—, la «variedad humana», el caballero francés, los gatos de ojos de vidrio verde, los perros, los patos y todo el resto de la colección, parecen cobrar vida por un instante de forma paralítica; mientras que incluso el pobre y pequeño petirrojo, al codo del señor Venus, se recuesta sobre su inocente costado. Al momento siguiente, el señor Wegg marcha a los tumbos bajo las luces de gas y a través del fango.

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