Contestando únicamente con un encogimiento de hombros, el hombre llenó el vaso sin pie, y Riderhood lo vació: mirando con asombro de su hija a su visitante.
“No querrá usted decirle a un hombre honrado—” volvía a empezar él con el vaso vacío en la mano, cuando la vista se le quedó fija, fascinada por el abrigo del forastero. Se inclinó sobre la mesa para verlo más de cerca, le tocó la manga, le dio la vuelta al puño para mirar el forro de la manga (el hombre, con su perfecta compostura, sin poner la menor objeción), y exclamó: “¡Tengo la creencia de que este bendito abrigo también era de George Radfoot!”.
“Tienes razón. Lo llevó puesto la última vez que lo viste, y la última vez que lo verás jamás, en este mundo”.
—¡Es mi creencia que pretende usted decirme a la cara que lo mató! —exclamó Riderhood, permitiendo, sin embargo, que volvieran a llenarle el vaso.
El hombre se limitó a responder con otro encogimiento de hombros, y no mostró ningún síntoma de confusión.
—¡Ojalá me muera si sé qué hacer con este tipo! —dijo Riderhood, tras mirarlo fijo y tragarse de golpe su último vaso—. A ver si me entero de qué atenerne contigo. Di algo claro.
—Lo haré —replicó el otro, inclinándose sobre la mesa y hablando con voz baja y sugerente.
¡Qué mentiroso eres!
El testigo honesto se levantó e hizo el ademán de arrojarle su vaso a la cara al hombre. Como este no se inmutó y se limitó a agitar el dedo índice a medio camino entre la complicidad y la amenaza, el paladín de la honestidad recapacitó y volvió a sentarse, dejando también el vaso sobre la mesa.