más de lo que pueden comer, son tan incessantemente pesados y zumbcones con su única idea hasta que les llega la muerte, que, ¿no cree que exageran? ¿Y acaso los obreros humanos no van a tener días libres por culpa de las abejas? ¿Y no voy a tener nunca un cambio de aire porque las abejas no lo tienen? Señor Boffin, la miel me parece excelente en el desayuno; pero, considerada a la luz de mi maestro de escuela y moralista convencional, protesto contra la tiránica patraña de su amiga la abeja. Con el mayor respeto hacia usted.
—Muchas gracias —dijo el señor Boffin—. ¡Buenos días, buenos días!
Pero el digno señor Boffin se alejó al trote con la incómoda impresión, de la cual habría prescindido gustoso, de que había un montón de insatisfacciones en el mundo, además de las que él había recordado como pertenecientes a la propiedad de los Harmon.
Y aún seguía tiritando de aquí para allá por Fleet Street en este estado mental, cuando se percató de que era estrechamente seguido y observado por un hombre de apariencia distinguida.
—¿Pues bien? —dijo el señor Boffin, deteniéndose en seco, con sus meditaciones interrumpidas de repente—, ¿cuál es el artículo siguiente?
—Le pido disculpas, señor Boffin.
—¿Mi nombre también, eh? ¿Cómo lo has averiguado? No te conozco.
“No, señor, usted no me conoce”.
El señor Boffin miró fijo al hombre, y el hombre lo miró fijo a él.
—No —dijo el señor Boffin, tras echar una ojeada al pavimento, como si estuviera hecho de rostros y él tratara de encontrar el parecido con el del hombre—, no lo conozco.