más allá del terror de caerse mientras aún era de día y ser hallada con vida. No tenía temor de sobrevivir a otra noche.
Cosido al pecho de su vestido, el dinero para pagar su entierro seguía intacto. Si lograba aguantar el día y luego se tendía a morir al amparo de la oscuridad, moriría con independencia. Si la capturaban antes, le quitarían el dinero por considerarla una mendiga sin derecho a él, y sería conducida al maldito asilo de pobres.
Si lograba su propósito, la carta sería hallada en su pecho, junto con el dinero, y la gente bien diría cuando se la devolvieran: «La apreciaba, la vieja Betty Higden; le era fiel; y, mientras vivió, nunca permitió que fuera deshonrada cayendo en manos de aquellos a quienes aborrecía».
Todo esto de lo más ilógico, inconsecuente y atolondrado; pero los viajeros en el valle de sombra de muerte suelen estar atolondrados; y los viejos achacosos de baja condición tienen la maña de razonar tan descuidadamente como viven, y sin duda valorarían nuestra Ley de Pobres con más filosofía si tuvieran unos ingresos de diez mil libras al año.
Así, manteniéndose por los caminos secundarios y huyendo de la presencia humana, esta molesta anciana se ocultó y avanzó penosamente durante todo el día sombrío. Sin embargo, tan distinta era de los fugitivos errantes en general que a veces, a medida que avanzaba el día, brillaba un fuego en sus ojos y latía con mayor rapidez su débil corazón, como si dijera jubilosamente: «¡El Señor me ayudará a salir adelante!».
Por qué manos visionarias fue guiada a lo largo de aquel viaje de huida del samaritano; qué voces, acalladas en la tumba, parecía escuchar hablándole; cómo imaginó de nuevo al niño muerto en sus brazos y, en innumerables ocasiones, se acomodó el chal para mantenerlo abrigado; qué infinita variedad de formas de torres, tejidos y campanarios adoptaron los árboles; cuántos jinetes furiosos cabalgaron hacia ella