Codal
nydus/Our Mutual FriendPublic
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IX

No está muy lejos. Y cuando regrese, tomaremos una taza de té y charlaremos sobre los arreglos futuros. Es una última morada muy sencilla la que he podido procurarle a mi pobre y desafortunado muchacho; pero él sabrá agradecer la buena intención si es que se entera de algo, y si no se entera de nada —con un sollozo y enjugándose los ojos—, pues bien, a él le dará igual. Veo que el servicio del Libro de Oración dice que nada trajimos a este mundo y es seguro que nada podremos sacar. Eso me consuela por no poder alquilar un montón de tonterías de funeraria para mi pobre hijo, y parecer que estoy tratando de contrabandearlas fuera de este mundo con él, cuando por supuesto me vendría abajo en el intento, y tendría que traerlas todas de vuelta. Tal como están las cosas, no habrá nada que traer de vuelta excepto a mí, y eso es de lo más coherente, ¡pues un día a mí no me traerán de vuelta!

Después de aquel traslado anterior por las calles, el infeliz viejecito parecía estar enterrado dos veces.

Lo llevaron sobre los hombros media docena de hombres de caras encendidas, que avanzaban arrastrando los pies hacia el cementerio, precedidos por otro hombre de cara encendida que fingía una marcha majestuosa, como si fuera un policía de la División de la M(uerte), y fingía ceremoniosamente no conocer a sus conocidos íntimos mientras encabezaba el cortejo.

Sin embargo, el espectáculo de un único y pequeño doliente que cojeaba detrás hizo que mucha gente volviera la cabeza con una mirada de interés.

Por fin el molesto difunto fue puesto bajo tierra, para no ser enterrado más, y el majestuoso merodeador desfiló de regreso ante la modista solitaria, como si estuviera obligada por el honor a no tener la menor idea del camino a casa. Una vez apaciguadas esas Furias que son las conveniencias sociales, la dejó.

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