—¿Cómo, señor de Villefort —exclamó el presidente—, os dejáis vencer por una alucinación? ¿Cómo, ya no estáis en vuestro sano juicio? Esta extraña, inesperada y terrible acusación ha perturbado vuestra razón. Vamos, reponeos.
El procurador dejó caer la cabeza; los dientes le castañetearon como los de un hombre presa de un violento ataque de fiebre, y, sin embargo, estaba mortalmente pálido.
—Conservo todos mis sentidos, señor —dijo—; solo mi cuerpo padece, como podréis suponer. Me reconozco culpable de todo lo que el joven ha presentado en mi contra, y desde esta misma hora me pongo bajo la autoridad del procurador que habrá de sucedería.
Y al pronunciar estas palabras con voz ronca y entrecortada, se tambaleó hacia la puerta, que un portero abrió mecánicamente. Toda la asamblea enmudeció de asombro ante la revelación y confesión que habían producido una catástrofe tan distinta de la que el mundo parisino había estado esperando durante las últimas dos semanas.
—Bien —dijo Beauchamp—, ¡que digan ahora que el drama es antinatural!
—¡Voto al diablo! —dijo Château-Renaud—, antes preferiría terminar mi carrera como el señor de Morcerf; un pistoletazo me parece de lo más encantador comparado con esta catástrofe.
—Y además, mata —dijo Beauchamp.
—Y pensar que se me ocurrió la idea de casarme con su hija —dijo Debray—. ¡Hizo bien en morir, la pobrecita!
—Se levanta la sesión, caballeros —dijo el presidente—; se realizarán nuevas pesquisas y la causa será juzgada en la próxima sesión por otro magistrado.