“Sí, es él en verdad. Cinco millones, una linda suma, ¿eh, Peppino?”
—¡Silencio, aquí viene nuestro hombre! El empleado agarró su pluma y Peppino sus cuentas; uno escribía y el otro rezaba cuando se abrió la puerta. Danglars parecía radiante de alegría; el banquero lo acompañó hasta la salida. Peppino siguió a Danglars.
De acuerdo con lo convenido, el carruaje esperaba en la puerta. El guía mantuvo la puerta abierta.
Los guías son personas útiles que se prestan a cualquier cosa.
Danglars saltó al carruaje como un joven de veinte años. El cicerone volvió a cerrar la puerta y se subió junto al cochero. Peppino montó en el pescante trasero.