Los cosacos le oyeron, y un grupo de ellos a caballo se lanzó a cortar el paso a los tártaros. Los cosacos estaban lejos y los tártaros cerca; pero Zhílin también hizo un último esfuerzo. Levantando las cadenas con la mano, corrió hacia los cosacos, sin apenas saber lo que hacía, santiguanándose y gritando: «¡Hermanos! ¡Hermanos! ¡Hermanos!».
Eran unos quince cosacos. Los tártaros se asustaron y se detuvieron antes de alcanzarlo. Zhilin se tambaleó hasta llegar con los cosacos.
Lo rodearon y empezaron a interrogarlo.
«¿Quién eres? ¿Qué eres? ¿De dónde vienes?*»
Pero Zhílin estaba fuera de sí, y solo atinaba a llorar y a repetir: «¡Hermanos! ¡Hermanos!».
Entonces los soldados corrieron hacia allí y se agolparon en torno a Zhílin: uno le dio pan, otro alforfón, un tercero vodka; uno le envolvió en un capote, otro le rompió los grilletes.
Los oficiales lo reconocieron y cabalgaron con él hasta la fortaleza. Los soldados se alegraron de verlo de regreso, y todos sus camaradas se agruparon a su alrededor.
Zhílin les contó todo lo que le había pasado.
—¡Así fue como me fui a casa y me casé! —dijo él—. No. ¡Parece claro que el destino estaba en contra!
Así siguió sirviendo en el Cáucaso.
Pasó un mes antes de que Kostílin fuera liberado, tras pagar un rescate de cinco mil rublos. Prácticamente muerto lo devolvieron.