Sergio se negó con severidad, pero estaba horrorizado por la precisión de su deseo. Estaba tan alarmado que le escribió al starets sobre el asunto. Y además, para dominarse, habló con un joven novicio y, venciendo su sentido de la vergüenza, le confesó su debilidad, pidiéndole que lo vigilara y no lo dejara ir a ninguna parte excepto al servicio y a cumplir con sus deberes.
Además de esto, un gran escollo para Sergio residía en el hecho de su extrema antipatía hacia su nuevo abad, un hombre astuto y mundano que se estaba abriendo camino en la Iglesia.
Por mucho que luchara consigo mismo, no lograba dominar ese sentimiento. Era sumiso ante el abad, pero en lo más profundo de su alma no cesaba de condenarlo. Y en el segundo año de su estancia en el nuevo monasterio, ese mal sentimiento estalló.
Se celebraba el servicio de la Vigilia en la gran iglesia, en la víspera de la fiesta de la Protección de la Santísima Virgen, y había muchos visitantes. El abad en persona oficiaba el servicio. El padre Sergio estaba de pie en su lugar habitual y oraba; es decir, se encontraba en ese estado de lucha que siempre le ocupaba durante el oficio, especialmente en la gran iglesia cuando no era él quien lo oficiaba. Este conflicto se debía a su irritación por la presencia de gente elegante, sobre todo damas. Intentaba no verlas ni reparar en todo lo que sucedía: cómo un soldado las guiaba, apartando a la gente del pueblo, cómo las damas se señalaban los monjes unas a otras —en especial a él y a otro monje conocido por su buena presencia—. Intentaba, por decirlo así, mantener la mente con anteojeras, no ver más que la luz de las velas en el iconostasio, los iconos y a quienes oficiaban el servicio. Intentaba no oír más que las plegarias que se cantaban o leían, no sentir otra cosa que el olvido de sí mismo en la conciencia del cumplimiento del deber: un sentimiento que experimentaba siempre al escuchar o recitar de antemano las oraciones que tantas veces había oído.