embargo, se tomaba libertades, y en parte de verdad: en suma, era una broma muy delicada.
—Me acabo de enterar de que Peter Labázov ha regresado. Directamente desde Siberia, con toda su familia.
Estas palabras pronunció Pákhtin justo cuando el viejo volvió a fallar su bola, pues tal era su mala suerte.
“Si ha vuelto tan chiflado como se fue, no hay motivo para alegrarse”, dijo con brusquedad el viejo, irritado por su incomprensible fracaso.
Esta afirmación contrarió a Iván Pávlovich, y de nuevo no supo a qué atenerse sobre si había algún motivo de alegría ante el regreso de Labázov; y, para disipar por completo sus dudas, encaminó sus pasos hacia una estancia donde por lo general se reunían las personas inteligentes, que conocían el significado y el valor de cada cosa y, en suma, lo sabían todo.
Iván Pávlovich se relacionaba con la misma familiaridad con los habituales de la sala intelectual que con la juventud dorada y con los dignatarios. Es verdad que no tenía un sitio fijo propio en la sala intelectual, pero a nadie le sorprendía verle entrar y sentarse en un diván.
Precisamente estaban discutiendo en qué año y con qué motivo había tenido lugar una disputa entre dos periodistas rusos. Esperando un momento de silencio, Iván Pávlovich comunicó su pequeña noticia, no como algo gozoso, ni como un acontecimiento sin importancia, sino como si formara parte de la conversación.
Pero de inmediato, por la forma en que los «intelectuales» (empleo la palabra «intelectuales» como nombre para los habituales de la sala «intelectual») recibieron la noticia y comenzaron a discutirla, Iván Pávlovich comprendió que pertenecía allí, y que solo allí recibiría tal elaboración que le permitiría llevarla más lejos y savoir à quoi s’en tenir.