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nydus/Short FictionPublic
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III

hablando y sonriendo, cuando de repente su rostro cambió, tambaleó, se apoyó contra la puerta para sostenerse y cayó desmayada. La gente acudió corriendo y a nosotros nos alejasen. Al día siguiente nos enteramos de que había muerto. Lloré mucho, me sentí muy desgraciada y no lograba consuelo. Todos creían que me afligía la muerte de Sofía Ivánovna, pero no era cierto. Lloraba al pensar que la gente tenía que morir; que existiera algo semejante a la muerte en el mundo. No alcanzaba a comprender ni podía creer que ese fuera el destino inevitable de todos los hombres. Recuerdo cómo, en mi alma de cinco años, surgieron preguntas sobre el sentido de la muerte y el sentido de la vida que termina en la muerte. Esas preguntas vitales a las que se enfrentan todos los hombres, a las que los sabios han intentado buscar respuesta en vano, y los necios han intentado ignorar y olvidar. Como es natural en un niño, especialmente en uno en mi posición, aparté de mi mente la aterradora idea de la muerte; la olvidé como si no existiera.

Otro acontecimiento importante de aquella época, que sobrevino como consecuencia de la muerte de Sofía Ivánovna, fue que pasamos a quedar bajo la tutela de un maestro. Era Nikolái Ivánovich Saltykov —no el Saltykov que, con toda probabilidad, era nuestro abuelo, sino Nikolái Ivánovich, que había estado adscrito a la Corte de mi padre—. Era un hombre bajito, con una cabeza enorme y un rostro de aspecto estúpido, en el que había una mueca constante. Constantino solía imitarla a la perfección. Este cambio hizo necesario separarme de mi querida Praskovia Ivánovna, mi vieja nodriza.

Aquellos que no han tenido la desgracia de nacer en una casa real apenas pueden imaginar la visión distorsionada que tenemos de la gente, ni nuestra falsa actitud hacia ellos.

2021