fin, sin embargo, el viejo no pudo contenerse y, con lágrimas en los ojos, declaró que no consentiría la disolución de la familia en vida, que su casa prosperaba, gracias a Dios, pero que si se separaban tendrían que irse todos a mendigar.
—Como los Matvéev —dijo el vecino—. Antes tenían una casa en condiciones, pero ahora que se han separado, ninguno tiene nada.
—Y eso es lo que quieres que nos pase a nosotros —dijo el viejo, volviéndose hacia su hijo.
El hijo no respondió y se hizo una pausa incómoda. El silencio lo rompió Petrúshka, quien, tras haber enjaezado al caballo, había vuelto a la isba unos minutos antes y había estado escuchando todo el tiempo con una sonrisa.
“Hay una fábula sobre eso en Paulson —dijo—. Un padre les dio a sus hijos una escoba para que la rompieran. Al principio no pudieron romperla, pero cuando la desataron ramita por ramita la rompieron fácilmente. Y aquí pasa lo mismo —añadió con una amplia sonrisa—: ¡Estoy listo!”.