—«No estoy en absoluto insatisfecho», dije.
«“¡Como si no viera!”»
—«Bien, te felicito por tener vista. Pero yo solo veo que te portas como una coqueta. … ¡Tú siempre encuentras placer en toda clase de vilezas, pero para mí es terrible!».
“—Vaya, si vas a despotricar como un cochero, me marcho”.
«—¡Ve, pero recuerda que si a ti no te importa el honor de la familia, a mí no me importas tú (¡que te lleve el diablo!), sino el honor de la familia!».
“—Pero ¿qué pasa? ¿Qué?”
“—¡Vete, por el amor de Dios, vete!
“Ya fuera que fingiera no entender de qué se trataba o que de verdad no lo entendiera, el caso es que se ofendió, se enojó y no se fue, sino que se quedó de pie en medio de la habitación.
—Te has vuelto realmente imposible —empezó—. Tienes un carácter que ni un ángel podría soportar. Y, como de costumbre, intentando herirme del modo más doloroso posible, me recordó mi comportamiento con mi hermana (un incidente en el que, estando exasperado, le dije groserías a mi hermana); sabía que esto me angustiaba y me hirió justo en ese punto. —Después de eso, nada de ti me sorprenderá —dijo.
—«¡Sí! Insúltame, humíllame, deshonrame y luego échame la culpa a mí», me dije, y de repente me a apoderó una furia tan terrible como jamás antes había experimentado.
“Por primera vez deseé darle expresión física a aquella rabia. Salté y fui hacia ella; pero justo al saltar recordé haberme dado cuenta de mi rabia y haberme preguntado: