Las cosas fueron de mal en peor. Un día podíamos tener algo que comer, y luego nada durante dos días. Empezamos a comer hierba. Si fue la hierba, o qué, lo que enfermó a mi mujer, no lo sé. No podía mantenerse en pie, a mí no me quedaba fuerza, y no había nada que nos ayudara a recuperarnos.
—Luché sola durante un tiempo —dijo la anciana—, pero al final yo también caí rendida por falta de alimento, y me puse muy débil. La muchacha también se debilitó y se acobardó. Le dije que fuera con los vecinos; ella no quiso abandonar la choza, sino que se arrinconó y se quedó allí sentada.
Pasó por aquí una vecina anteayer, pero al ver que estábamos enfermas y hambrientas, dio media vuelta y nos dejó. Su marido ha tenido que marcharse, y ella no tiene qué dar de comer a sus propios pequeños. Y así nos quedamos, esperando la muerte.
Al oír su historia, Eliseo abandonó la idea de alcanzar a su compañero aquel día y se quedó con ellos toda la noche. Por la mañana se levantó y se puso a hacer las tareas de la casa, como si fuera su propio hogar. Amasó el pan con la ayuda de la anciana y encendió el fuego. Luego fue con la niña a casa de los vecinos para conseguir lo más indispensable; pues en la choza no había nada: todo lo habían vendido para comprar pan: los utensilios de cocina, la ropa y todo lo demás. Así que Eliseo comenzó a reponer lo necesario, haciendo algunas cosas él mismo y comprando otras. Se quedó allí un día, luego otro y después un tercero. El muchacho recuperó las fuerzas y, cada vez que Eliseo se sentaba, gateaba por el banco y se acurrucaba junto a él. La niña se alegró y