Durante varios minutos no se pudo llegar a ninguna explicación en medio del tumulto general.
Se había congregado una multitud, todo el mundo gritaba y hablaba, los niños y las viejas lloraban. Akoulína yacía sin sentido.
Al fin los hombres —el carpintero y el mayordomo— que habían corrido al lugar, subieron por la escalera, y la mujer del carpintero empezó a contar por vigésima vez cómo ella, «sin sospechar nada, fue a buscar un vestido, y tan solo miró —de esta manera— y vio… a un hombre… y miro, y hay una gorra tirada del revés, cerquita. Miro… las piernas están colgando… ¡Me quedé helada de pies a cabeza! ¿Acaso es agradable?… ¡Pensar que un hombre se ahorque y que yo sea la que lo ve!… ¡Cómo bajé trastabillando ni yo misma me acuerdo… es un milagro que Dios me haya salvado! ¡De verdad, el Señor ha tenido misericordia de mí!… ¿Acaso es una nadería?… semejante pendiente y desde semejante altura. ¡Pues bien podría haberme matado!»
Los hombres que habían subido traían la misma historia que contar. Polikéy, en camisa y pantalones, colgaba de una viga por la cuerda que había desatado de la cuna. Su gorro, vuelto del revés, yacía a su lado; su casaca y su piel de oveja estaban cuidadosamente dobladas y muy cerca. Sus pies tocaban el suelo, pero ya no mostraba señales de vida.
Akoulína recuperó el conocimiento y de nuevo se precipitó hacia la escalera, pero fue retenida.
“¡Mamma, Syómka se está ahogando!”, gritó de pronto la niñita que ceceaba desde su cubículo.