Los campesinos ricos bebieron, y su anfitrión bebió también. Y comenzaron a dirigirse discursos falsos y melosos los unos a los otros.
El Diablo escuchó y escuchó, y alabó al diablillo.
—Si —dijo—, la bebida los vuelve tan astutos como para empezar a hacerse trampas entre ellos, pronto caerán todos en nuestras manos.
—Espera a ver lo que viene —dijo el diablillo—. Dales otra copa a todos. Ahora son como zorros, que mueven la cola y tratan de engatusarse unos a otros; pero dentro de un momento los verás como lobos salvajes.
Los campesinos se tomaron otro vaso cada uno, y su conversación se volvió más descabellada y grosera. En lugar de discursos melosos, empezaron a insultarse y a gruñirse mutuamente. Pronto pasaron a las manos y se aporrearon las narices unos a otros. Y el anfitrión se sumó a la pelea, y él también se llevó una buena paliza.
El Diablo contemplaba esto y se alegraba mucho de todo ello.
—¡Esto es de primera calidad! —dijo él.
Pero el diablillo respondió: “Espera un poco—lo mejor está por venir. Espera a que se tomen un tercer vaso. Ahora están furiosos como lobos, pero que se tomen un vaso más y serán como puercos”.
Los campesinos se tomaron el tercer vaso y se volvieron casi como brutos. Murmuraban y gritaban sin saber por qué, y sin escucharse los unos a los otros.
Entonces la fiesta comenzó a disolverse. Unos se iban solos, otros de dos en dos y otros de tres en tres, todos tambaleándose calle abajo. El anfitrión salió a despedir a sus huéspedes, pero cayó de bruces en un charco, se embarró de pies a cabeza y se quedó allí tendido gruñendo como un cerdo.