Llegó el día fijado para su partida. Rosolówski se regocijaba por el éxito de la empresa que ahora estaba tan cerca de cumplirse.
Ludwíka había horneado pasteles y bizcochos para el viaje y, repitiendo su habitual aseveración: «¡Por mi madre!», declaró que su corazón rebosaba de miedo y de alegría.
Migoúrski se alegraba de su liberación de la buhardilla donde había pasado más de un mes, pero aún más de la animación y la alegría de vivir de Albína. Parecía haber olvidado todos sus pesares anteriores y todo peligro, y corría hacia él a la buhardilla, radiante de éxtasis jubiloso como en los días de su juventud.
A las tres de la madrugada llegó una escolta de cosacos y trajo un cochero con tres caballos.
Albína y Ludwíka, con su perrito, subieron al tarantás y se sentaron sobre unos cojines cubiertos con una manta.
El cosaco y el cochero subieron al pescante; Migoúrski, vestido de campesino, iba tendido en el fondo del carruaje.
Salieron de la ciudad, y los tres buenos caballos tiraban del tarantás por el camino liso, duro como una piedra, que atravesaba una estepa interminable y sin cultivar, cubierta por la hierba de la pampa seca y plateada del año pasado.