siento, no podré volver a levantarme. No puedo llegar a la fortaleza; pero cuando amanezca me tumbaré en el bosque, me quedaré allí todo el día y continuaré de nuevo por la
Siguió andando toda la noche. Dos tártaros a caballo pasaron junto a él; pero los oyó desde muy lejos y se ocultó detrás de un árbol.
La luna empezó a palidecer, el rocío a caer. Se acercaba el alba, y Zhílin no había llegado al final del bosque.
—Bueno —pensó—, caminaré otros treinta pasos, y luego me meteré entre los árboles y me sentaré.
Dio otros treinta pasos y vio que estaba al final del bosque. Fue hasta el borde; ya había bastante claridad y, justo ante él, se extendían la llanura y la fortaleza.
A la izquierda, muy cerca al pie de la pendiente, un fuego se estaba apagando y el humo de este se esparcía alrededor. Había hombres reunidos en torno a la hoguera.
Miró fijamente y vio armas que rebrillaban. ¡Eran soldados: cosacos!
Zhílin se llenó de alegría. Reunió las fuerzas que le quedaban y echó a andar colina abajo, diciéndose a sí mismo:
«¡Dios no quiera que ningún tártaro a caballo me vea ahora, en campo abierto! Por cerca que esté, no lograría llegar a tiempo».
Apenas hubo dicho esto cuando, a doscientos pasos de distancia, en un montecillo a la izquierda, vio a tres tártaros.
Ellos también lo vieron y se lanzaron hacia él. Su corazón dio un vuelco. Agitó las manos y gritó con todas sus fuerzas: «¡Hermanos, hermanos! ¡Ayuda!».