En la provincia, Iván Ilich se supo crear sin pérdida de tiempo una posición tan cómoda y agradable como la que había tenido en la escuela de jurisprudencia. Hizo su trabajo, su carrera y, al mismo tiempo, llevó una vida de bien educada alegría social. Ocasionalmente visitaba varios distritos por deberes oficiales, se comportaba con dignidad tanto con sus superiores como con sus inferiores; y con exactitud y una honradez incorruptible de la que no podía dejar de sentirse orgulloso, desempeñaba los deberes que se le confiaban, que trataban principalmente de los disidentes. Cuando se dedicaba al trabajo oficial era, a pesar de su juventud y de su gusto por las diversiones frívolas, sumamente reservado, oficial y hasta severo. Pero en la vida social era a menudo divertido y ocurrente, y siempre bondadoso, educado y bon enfant, como decían de él su jefe y la esposa de este, con quienes era como uno más de la familia.
En la provincia había, también, relación con una de esas damas que ofrecían sus encantos al elegante abogado joven.
Había una modista, también, y había francachelas con oficiales apuestos que visitaban la vecindad, y visitas a cierta calle apartada después de cenar; había una actitud bastante servil y obsequiosa también en su comportamiento con su superior, y aun con la esposa de este.
Pero todo esto iba acompañado de un tono de tan alta educación que no se le podía dar un nombre ofensivo; todo quedaba bajo el amparo del refrán francés: Il faut que la jeunesse se passe.
Todo se hacía con las manos limpias, con camisas limpias, con frases en francés y, lo que era de mayor importancia, en la más alta sociedad y, por consiguiente, con la aprobación de personas de alcurnia.