—De acuerdo. Lo dejaré estar.
—Eso sí que es tener sentido común.
Cuando se quedó a solas con Ustinia, le contó lo que su padre había dicho. (Ella había estado escuchando tras la puerta).
—No sirve de nada; no puede salir bien. ¿Oíste? Estaba enfadado; no lo acepta por nada del mundo.
Ustinia lloró en su delantal.
Aliosha negó con la cabeza.
“¿Qué se le va a hacer? Hay que hacer lo que nos mandan”.
—Bueno, ¿vas a dejar esa tontería, como te dijo tu padre? —le preguntó su ama, mientras él ponía los contrapesos de las persianas por la tarde.
—Claro que sí, estamos —respondió Aliosha con una sonrisa, y luego rompió a llorar.
Desde aquel día, Aliosha se ocupó de su trabajo como de costumbre y ya no volvió a hablar con Ustinia sobre su matrimonio.
Un día de Cuaresma, el dependiente le mandó quitar la nieve del tejado. Aliosha subió al tejado y barrió toda la nieve; y mientras todavía estaba sacando a rastrillos unos terrones congelados del canalón, resbaló y se cayó.
Por desgracia, no cayó sobre la nieve, sino sobre una pieza de hierro situada encima de la puerta. Ustinia acudió corriendo, junto con la hija del mercader.