Y lo peor de todo era que el sujeto aún era joven y sano, y podría vivir cincuenta años. Cuando uno se ponía a echar cuentas, el asunto era grave. Así no podía seguir. De modo que el Rey convocó a sus Ministros y les dijo:
—Deben encontrar un modo más barato de lidiar con este sinvergüenza. El plan actual es demasiado caro.
Y los ministros se reunieron, deliberaron y volvieron a deliberar, hasta que uno de ellos dijo: —Señores, en mi opinión debemos disolver la guardia.
—Pero entonces —replicó otro ministro—, el tipo se escapará.
—Bueno —dijo el primer orador—, ¡que se escape y que le den!
Así pues, informaron al reyuelo del resultado de sus deliberaciones, y este estuvo de acuerdo con ellos. Se despidió a la guardia y esperaron a ver qué sucedía. Todo lo que sucedió fue que, a la hora de comer, el criminal salió y, al no encontrar a su guardia, fue a la cocina del rey a buscar su propia comida. Cogió lo que le dieron, volvió a la prisión, se cerró la puerta por dentro y se quedó allí.
Al día siguiente ocurrió lo mismo. Fue a buscar su comida a la hora correspondiente; pero, en cuanto a escaparse, ¡no dio la menor muestra de ello! ¿Qué se podía hacer? Volvieron a examinar el asunto.
—Tendremos que decírselo sin rodeos —dijeron—, que no queremos quedárnoslo.
Así que el Ministro de Justicia hizo que lo trajeran a su presencia.
—¿Por qué no huye? —dijo el ministro—. No hay ningún guardia que lo detenga. Puede ir adonde quiera, y al rey no le importará.