—Qué contento estoy de que solo haya sido un sueño —fue su primer pensamiento.
Pero cuando comenzó a recordar lo que había visto en su sueño, y a compararlo con la realidad, comprendió que el problema que se le había planteado en él seguía siendo igual de importante e insoluble ahora que estaba despierto.
Por primera vez, el joven zar tomó consciencia del pesado fardo de la responsabilidad que recaía sobre sus hombros, y se quedó atónito.
Sus pensamientos ya no se dirigían a la joven reina ni a la felicidad que había anticipado para esa tarde, sino que se centraron en la pregunta sin respuesta que se cernía sobre él: «¿Qué debía hacerse?».
En un estado de gran agitación se levantó y pasó a la habitación contigua.
Un viejo cortesano, colaborador y amigo de su padre, estaba allí en medio de la estancia conversando con la joven reina, que se dirigía a reunirse con su esposo. El joven zar se les acercó y, dirigiéndose principalmente al viejo cortesano, le contó lo que había visto en su sueño y las dudas que el sueño había dejado en su mente.
—Esa es una noble idea. Prueba la rara nobleza de tu espíritu —dijo el anciano. > «Pero perdóname que hable con franqueza; eres demasiado bondadoso para ser emperador y exageras tu responsabilidad. En primer lugar, el estado de las cosas no es como te lo imaginas. El pueblo no es pobre. Está bien situado. Los que son pobres lo son por su propia culpa. Solo se castiga a los culpables, y si a veces ocurre un error inevitable, es como un rayo: un accidente, o la voluntad de Dios. No tienes más que una responsabilidad: cumplir